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      <title>Fantasías, magias y servicios secretos</title>
      <pubDate>Fri, 30 Jan 2004 23:00:00 GMT</pubDate>
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      <dc:creator>Francisco Solano</dc:creator>
      <dcterms:alternative>Fantasías, magias y servicios secretos</dcterms:alternative>
      <description>Fantasías, magias y servicios secretos</description>
      <category>Crítica literaria</category>
      <category>Glòria Sales</category>
      <category>Emilio Campmany</category>
      <category>Rubén Abella</category>
      <category>Crítica</category>
      <category>Narrativa</category>
      <category>Literatura</category>
      <category>Libros</category>
      <category>Cultura</category>
      <media:keywords>Fantasias,magias,servicios,secretos</media:keywords>
      <content:encoded>&lt;p&gt;Mientras los escritores consagrados, y otros con suficiente prestigio, se lamentan, ocasionalmente, del grado de indiferencia y vacío que aqueja a la creación literaria -inapreciada por el mercado y sustituida por la marca de fábrica, quiero decir, por el valor de los nombres-, los problemas de los nuevos novelistas son todavía de ubicación, de hallar una editorial con cierta presencia en la mesa de novedades de las librerías. Pese al alarde político, que consigna que vivimos en un ámbito de libertades, hay una constricción, más sutil que la censura de antaño, que obliga a escribir a las claras, para que todo el mundo lo entienda, o dicho de otro modo, para que el lector no tenga que esforzarse más allá del movimiento de ojos y la rutina de pasar la página. A esta constricción, también llamada diafanidad narrativa, se debe la "conquista del lector" y el aumento de la producción editorial. Hay motivos para alegrarse. Ahora bien, conquistado y colonizado el lector, la novela ha quedado reducida a buena artesanía y fluidez admirable. Y si los autores maduros no se arriesgan con obras que exijan una lectura distinta a la absorbente y entretenida, los nuevos van a la zaga y componen una manufactura acorde con el gusto común. Así las cosas, la novela se autogenera, pero expulsando la ambición formal y cualquier delirio imprevisible.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;a href="https://elpais.com/diario/2004/01/31/babelia/1075510215_850215.html" target="_blank"&gt;Seguir leyendo&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;img src="https://ep01.epimg.net/diario/imagenes/2004/01/31/babelia/1075510215_850215_0000000000_sumario_normal.jpg" width="275" height="275" alt="De izquierda a derecha y de arriba abajo: Irene Jiménez, Emilio Campmany, Glòria Sales y Rubén Abella."&gt;&lt;/img&gt;</content:encoded>
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